Por: J. Gregorio Blanca
Periodista y politólogo.
En medio del dolor y el luto por el devastador doble terremoto que enluta a la nación, la instrumentalización política de la tragedia por parte de sectores opositores tradicionales reabre el debate sobre una dirigencia históricamente incapaz de construir gobernabilidad, negociar con realismo o preservar el mandato popular de 2015.
Venezuela atraviesa hoy uno de los capítulos más oscuros y dolorosos de su historia reciente. El país se encuentra sumido en una profunda tristeza y luto nacional tras el doble terremoto que sacudió el territorio, una tragedia de proporciones catastróficas que ha dejado miles de pérdidas humanas y comunidades enteras devastadas. Sin embargo, lejos de propiciar un escenario de unidad nacional y auxilio incondicional a las víctimas, el desastre ha vuelto a avivar las pasiones políticas más bajas. Sectores del autodenominado «liderazgo» opositor han optado por instrumentalizar el dolor, señalando de forma simplista a un solo culpable para capitalizar el descontento, una postura que obliga a una reflexión ciudadana urgente sobre la madurez de quienes pretenden conducir el destino del país.
Este comportamiento en momentos de crisis humanitaria aguda no es aislado; responde a un patrón de conducta política que ya tiene más de una década. El análisis retrospectivo de hitos como las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015 demuestra que la falta de formación, la ausencia de visión de Estado y las pugnas de intereses particulares dentro de la propia oposición venezolana jugaron un papel determinante en el quiebre de la gobernabilidad y en la pérdida de la mayor oportunidad de transición pacífica, dejando al país en un estado de vulnerabilidad institucional crónica que hoy magnifica el impacto de cualquier desastre natural.
El error del maximalismo y la oportunidad perdida de la negociación
Los hechos de diciembre de 2015 demostraron que el pueblo venezolano siempre estuvo dispuesto a votar, otorgando a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) una ventaja de más de 2,5 millones de votos frente al Gran Polo Patriótico (GPP), que aún sigue gobernando. No obstante, el manejo de esa mayoría calificada evidenció una profunda inmadurez táctica.
Más allá del complejo cerco jurídico que el Tribunal Supremo de Justicia tejió en torno a la incorporación de los tres diputados del estado Amazonas para alcanzar el umbral de los 112 curules, la dirigencia opositora se negó a hacer política real. En lugar de establecer puentes y negociar acuerdos institucionales con sectores moderados u oficialistas —que también representaban a millones de venezolanos—, la bancada mayoritaria optó por el maximalismo. La falta de un criterio unificado atomizó la fuerza legislativa: mientras unas facciones presionaban de inmediato por una Asamblea Nacional Constituyente, otras promovían un referéndum revocatorio, dispersando el capital político en disputas internas en lugar de consolidar el poder del Parlamento como contrapeso legítimo.
Gobernaciones y alcaldías: la entrega del poder territorial por intereses particulares
El sismo electoral de 2015 dejaba el escenario servido para una victoria arrolladora de las fuerzas opositoras en las elecciones regionales y municipales subsiguientes, donde se proyectaba la conquista de más de 20 gobernaciones y al menos 200 alcaldías.
La historia, sin embargo, tomó el rumbo de la desestabilización y la miopía estratégica. Sectores de la dirigencia tradicional, liderados por figuras de la vieja política como Henry Ramos Allup al frente de Acción Democrática (AD), priorizaron agendas personales y de supervivencia partidista por encima de la estrategia unitaria. Errores críticos de partidos como Primero Justicia, Voluntad Popular —que incluso con la cantidad de diputados que se tenía se le pudo entregar amnistía a Leopoldo López y muchos otros presos políticos para esa fecha— que cedieron la conducción del parlamento a operadores empeñados en el choque total, dinamitaron la vía electoral. El resultado de estas agendas —muchas de ellas condicionadas por acusaciones cruzadas y presunciones de complicidad en tramas económicas como el caso Derwick— fue la promoción de la abstención, repitiendo el nefasto precedente del año 2005. Al final, solo liderazgos específicos mantuvieron la coherencia electoral, logrando retener apenas un par de gobernaciones de las más de veinte que estaban al alcance.
Un llamado a la madurez ciudadana ante el luto y el futuro
El drama humanitario, la desidia institucional y el aislamiento internacional que hoy padece el ciudadano venezolano —convertido en un migrante que requiere visa para ingresar a Perú, República Dominicana o Ecuador— son el resultado directo de aquellos lodos políticos.
Hoy, ante el duelo por las miles de vidas truncadas por los terremotos, el oportunismo de quienes pretenden capitalizar la tragedia expone la urgencia de un cambio profundo. La lección para la ciudadanía, tanto adentro como afuera del país, es categórica: el electorado debe madurar a la hora de elegir a sus representantes. No basta con el voto de castigo ni con respaldar discursos de confrontación estéril en momentos de dolor; se requiere exigir formación, ética, sentido de país y propuestas viables.
Venezuela es y siempre será un país diverso. La reconstrucción de la nación y el fin del estatus de paria internacional solo serán posibles bajo la premisa de que en el espacio público caben todos los sectores. El camino hacia el rescate del país pasa obligatoriamente por el retorno a la política real, cimentada en los pilares de la democracia, la paz y el orden institucional. Incluso en las horas más tristes, se demuestra que sí se puede, pero bajo un liderazgo que respete el dolor de su pueblo y tenga verdadera altura de Estado.
Observatorio Latinoamerica Ahora- OLA.
Caso derwick : https://armando.info/los-dobles-de-derwick-siguieron-actuando-como-si-nada





