Cada vez que la centroizquierda chilena pierde, surge la explicación más cómoda: la gente se equivoca, no entiende, vota contra sus intereses. Es un recurso que nos tranquiliza porque nos exime de pensar, pero también nos condena, porque nos instala en una superioridad moral que nos aleja del pueblo que decimos representar. ¿De verdad creemos que millones de personas son ignorantes? ¿O será que hay algo más profundo que no hemos querido mirar?
La paradoja es evidente: jóvenes que estudian gracias a la gratuidad universitaria, familias que acceden a subsidios habitacionales, trabajadores que reciben transferencias directas, terminan votando por proyectos que anuncian recortes, ajustes, incluso la eliminación de esos beneficios. ¿Por qué ocurre? No porque esas personas desconozcan lo que reciben, sino porque la política no se reduce a la contabilidad de beneficios. La gente vota por certezas, por orden, por respeto, por un relato que les haga sentir que su esfuerzo vale y que su vida no está a la deriva. Y en eso, la derecha ha sabido hablar un idioma que nosotros olvidamos.
En 2024, más de 569 mil jóvenes accedieron a ese beneficio, representando aproximadamente el 44 % de la matrícula de pregrado y un 81 % de los apoyos estudiantiles estatales. Y, sin embargo, muchos de estos estudiantes, beneficiarios directos, votan por proyectos que proponen recortes o incluso eliminación de la gratuidad.
De manera paralela, las encuestas indican que la identificación con la derecha ha ido en ascenso. Entre 2023 y 2025, el porcentaje de personas que se reconocen como de derecha subió del 30 % al 36 %. Este aumento es particular entre sectores C3, D y E (votantes de clase media y popular), donde la derecha pasó de 27 % a 34 %. Este giro no obedece a capricho ideológico, sino a una búsqueda de seguridad ante el miedo al delito, al desempleo o a que el Estado no cumpla los plazos.
Y aquí hay otra cifra clave: según una encuesta de Ipsos del 10 de febrero de 2025, el 62 % de las personas considera que controlar el delito y mejorar la seguridad pública son prioridades para fortalecer la confianza en el Estado. Además, un abrumador 90 % cree que fortalecer Carabineros y la PDI es esencial para la cohesión social.
Estas cifras explican por qué beneficiarios de políticas sociales pueden sentirse tentados por propuestas de la derecha. No es indiferencia hacia los beneficios; es miedo a que el sistema colapse, a que su vida no sea protegida, a que las promesas no se cumplan. Votar por la derecha puede parecer contradictorio, pero para ellos puede ser una respuesta a la pregunta: “¿Quién me cuida hoy?”.
Desde la Convención Constitucional en adelante, nuestra conversación se desplazó hacia banderas progresistas que, aunque legítimas, se presentaron como prioridad absoluta, mientras los problemas cotidianos se acumulaban: seguridad, empleo, costo de la vida, transporte, salud que funciona. En ese tránsito, confundimos justicia social con agenda cultural, y dejamos de lado la pregunta esencial: ¿cómo se siente hoy la familia trabajadora? ¿Qué teme? ¿Qué espera? Cuando la respuesta es miedo —al delito, al desempleo, a la incertidumbre—, las promesas de transformación sin hoja de ruta se perciben como riesgo. Y frente al riesgo, el voto busca refugio.
No es que la gente rechace la gratuidad o los subsidios; es que no confía en que podamos sostenerlos sin desordenar todo lo demás. Cuando la conversación pública se llena de consignas y se vacía de gestión, cuando el Estado aparece lento, ineficaz, incapaz de cumplir plazos, la ciudadanía no evalúa la intención, evalúa el resultado. Y si el resultado es ansiedad, la promesa pierde valor. La derecha, en cambio, ofrece algo que parece simple: reglas claras, autoridad, velocidad de respuesta. Puede que no cumpla todo lo que promete, pero comunica certeza. Y en tiempos de incertidumbre, la certeza es más poderosa que la esperanza.
Hay otro factor que no podemos ignorar: el respeto. Durante años, parte de nuestra dirigencia adoptó un tono moralizante, como si la política fuera pedagogía y el pueblo, un alumno rezagado. Sermoneamos en lugar de persuadir, cancelamos en lugar de dialogar. Esa superioridad moral es enemiga de la mayoría social. Porque la gente no quiere que la eduquen desde arriba; quiere que la escuchen, que la cuiden, que la respeten. Cuando siente que la miramos con desdén por sus valores, por su religiosidad, por sus costumbres, se aleja. Y busca en otro lugar un relato que no la humille.
La derrota de la centroizquierda no se explica por ignorancia ajena, sino por errores propios. Perdimos la capacidad de interpretar el sentido común popular, de hablar el idioma de la vida cotidiana. Nos enamoramos de causas justas, pero olvidamos que la justicia se valida en ventanilla: en la escuela que enseña, en el hospital que atiende, en el subsidio que llega a tiempo. Si no volvemos a poner en el centro la seguridad, el trabajo decente, el costo de la vida, la gestión eficaz, seguiremos preguntándonos por qué quienes se benefician de nuestras políticas votan por quienes quieren eliminarlas. La respuesta es simple y brutal: porque esas políticas no bastan si no se acompañan de certezas. Y hoy, la certeza la ofrece otro.
Pero esta no es una condena definitiva. Es una invitación. Podemos recuperar la confianza si dejamos el facilismo de juzgar y asumimos el deber de comprender. Si volvemos a hablar el idioma del respeto y de la protección. Si nuestras ideas se traducen en seguridad tangible y trabajo decente, en servicios que funcionan y promesas cumplidas. El pueblo no vota contra sus intereses; vota por quien le cuida la vida. Hagamos que, de nuevo, esa sea nuestra tarea. Porque la esperanza no está perdida: está esperando que la política vuelva a ser un acto de cuidado, no de soberbia. Y ese camino, aunque difícil, sigue abierto. Depende de nosotros recorrerlo.
Por Esteban Kuhlmann Matus





