Por: Anas Rhouni
Coordinador OLA-Mediterráneo
Hablar de los marroquíes del mundo es hablar de Marruecos. De un Marruecos que no termina en sus fronteras, porque millones de nuestros ciudadanos han construido sus vidas lejos de su tierra, pero siguen llevando consigo una parte de ella. Son hijos de familias marroquíes, trabajadores, empresarios, estudiantes, profesionales, mujeres y hombres que, desde diferentes lugares del mundo, siguen participando en la construcción de nuestro país.
Durante demasiado tiempo, hemos hablado de ellos principalmente desde una perspectiva económica: sus transferencias, sus inversiones, sus contribuciones al desarrollo. Todo ello es importante, pero los marroquíes del mundo son mucho más que una fuerza económica. Son ciudadanos. Son parte de la nación. Y tienen derecho a participar en la construcción de su futuro. Desde una visión socialista y profundamente democrática, no podemos aceptar que la relación con nuestros ciudadanos en el exterior se limite a los períodos electorales.
No podemos buscar al marroquí del mundo únicamente cuando necesitamos su voto.La ciudadanía no puede ser estacional.
La democracia tampoco.
Participar en unas elecciones es un derecho fundamental, pero participar en la vida pública significa mucho más que depositar una papeleta. Significa poder ser escuchado, poder organizarse, poder proponer, poder participar en el debate público y contribuir a las decisiones que afectan a nuestra sociedad. Por eso, nuestro compromiso debe ser avanzar hacia una verdadera democracia participativa de los marroquíes del mundo.
Una democracia que reconozca que el ciudadano marroquí que vive en Madrid, París, Bruselas, Ámsterdam, Montreal, Nueva York o cualquier otra ciudad del mundo sigue teniendo una relación directa con las decisiones de su país.
Y esa relación debe construirse sobre la igualdad. Porque no puede haber una ciudadanía de primera y otra de segunda. No puede existir un Marruecos dentro de las fronteras y otro Marruecos fuera de ellas. Existe un solo pueblo marroquí, unido por la historia, por la solidaridad y por un proyecto común de futuro. Los socialistas creemos en una sociedad donde nadie quede al margen. Y ese principio debe aplicarse también a nuestros ciudadanos en el exterior.
Debemos abrir espacios reales de participación para nuestros jóvenes, para nuestras mujeres, para nuestros profesionales, para nuestros empresarios y para nuestras organizaciones de la sociedad civil. Debemos escuchar sus experiencias y sus dificultades. Debemos conocer sus preocupaciones en materia de educación, documentación, movilidad, inversión, empleo, protección social y relación con las instituciones. Pero también debemos escuchar sus propuestas. Porque los marroquíes del mundo no quieren únicamente que se hable de ellos. Quieren poder hablar y ser escuchados. Y ahí está uno de los grandes desafíos de nuestra democracia.
La llamada región 13 debe ser mucho más que una herramienta electoral. Debe convertirse en un puente permanente entre el ciudadano marroquí y su país. Un puente de participación. Un puente de diálogo. Un puente de solidaridad. Un puente de justicia social. Nuestro objetivo no debe ser solamente aumentar la participación electoral de los marroquíes del mundo. Debemos conseguir que las nuevas generaciones crezcan sabiendo que tienen un papel que desempeñar en el futuro de Marruecos. Queremos que nuestros jóvenes en el exterior no vean Marruecos únicamente como el país de sus padres o el lugar al que regresan durante las vacaciones. Queremos que lo sientan como su país, su proyecto y su futuro.
Y para conseguirlo, necesitamos una política diferente. Una política que no instrumentalice a nuestra diáspora. Una política que no la reduzca a cifras. Una política que la reconozca como una riqueza humana, cultural, intelectual y democrática.
El socialismo marroquí siempre ha defendido la dignidad humana, la igualdad, la justicia social y la participación ciudadana. Hoy debemos llevar esos principios más allá de nuestras fronteras. Porque la justicia social también significa garantizar que un marroquí pueda sentirse ciudadano plenamente allí donde viva. Y porque la democracia se fortalece cuando más ciudadanos participan en ella. Por eso, nuestro compromiso debe ser claro: Queremos marroquíes del mundo que voten, pero también que decidan. Queremos que participen marroquíes, pero no solamente durante las elecciones. Queremos jóvenes que puedan aportar sus ideas. Queremos competencias que puedan contribuir al desarrollo del país. Queremos una diáspora organizada, escuchada y reconocida. Queremos construir una relación basada no en la necesidad, sino en la confianza.
Porque las elecciones pasan. Los gobiernos cambian. Las legislaturas terminan. Pero la relación entre Marruecos y sus ciudadanos permanece. Ese debe ser nuestro verdadero horizonte.
Una ciudadanía marroquí sin fronteras. Una ciudadanía basada en la igualdad, la dignidad, la solidaridad y la participación. Porque Marruecos no termina donde termina su territorio. Marruecos vive también en cada uno de sus ciudadanos, allí donde estén. Y si realmente creemos en el principio de “el país primero”, debemos entender que poner a Marruecos primero significa también poner a sus ciudadanos en el centro. No queremos ciudadanos convocados únicamente para votar. Queremos ciudadanos protagonistas de la construcción de Marruecos.







