El 28 de febrero de 2026, un misil convirtió una escuela primaria de niñas en Minab, al sur de Irán, en una fosa común de cuadernos abiertos, mochilas rasgadas y vidas truncadas. Las cifras aún oscilan —más de un centenar de muertes según reportes periodísticos y autoridades iraníes, con balances que suben con el correr de las horas—, pero el dato irrebatible es el mismo: niñas fueron asesinadas en su lugar de aprendizaje.
Las crónicas internacionales reconstruyen que el impacto ocurrió en plena mañana, cuando el edificio estaba ocupado por estudiantes y personal, en el inicio de la semana escolar iraní. Las autoridades de Teherán lo enmarcaron en el contexto de ataques aéreos más amplios, atribuyéndolo a operaciones de Estados Unidos e Israel —extremos cuya verificación independiente continúa siendo objeto de controversia—. Mientras tanto, las imágenes de los funerales masivos en Minab muestran un país de luto y rabia, con miles de personas cargando retratos de las niñas y denunciando la muerte de “inocentes” en un espacio que debería ser inviolable.
Como docente de derechos humanos, mi primera obligación es recordar lo obvio: las escuelas gozan de protección especial en el derecho internacional humanitario. No es una cláusula técnica, es una promesa civilizatoria: la distinción entre combatientes y civiles, la proporcionalidad y la precaución no son fórmulas jurídicas vacías, son diques que contienen la barbarie. La UNESCO lo expresó con claridad al señalar que el ataque a Minab constituye una grave violación de la protección de centros educativos y de quienes los habitan.
Pero esta columna quiere ir más allá de la norma —sin jamás soltarla— para hacer una pregunta incómoda y urgente: ¿por qué se ataca a mujeres y niñas? ¿Cuál es la necesidad —o la “lógica”— de dirigir el fuego hacia cuerpos que la guerra dice no querer? La respuesta tiene capas.
Primero, la crueldad estratégica. En conflictos contemporáneos, los agresores comprenden el valor simbólico de una escuela de niñas: destruirla no solo mata, también intenta quebrar la continuidad educativa, desalentar a las familias, arrasar con proyectos de vida y enviar un mensaje de disciplina social. El resultado es una herida múltiple: sobre el derecho a la vida, sobre el derecho a la educación y sobre la igualdad de género, todo a la vez. En Minab, esa herida quedó abierta a la vista del mundo.
Segundo, la misoginia estructural. Cuando los objetivos son niñas —y maestras— aflora una jerarquía histórica: sus vidas y su educación son consideradas prescindibles. No es casualidad que las niñas suelan estar en la primera línea de vulnerabilidad cuando las bombas caen: la violencia armada reproduce desigualdades que ya existían antes del primer disparo. El ataque a Minab, más allá de quién lo haya ejecutado, nos obliga a mirarnos en ese espejo.
Tercero, la disputa por el futuro. Atacar a niñas es atacar la posibilidad de una generación más instruida y, por ende, más libre. La educación de las niñas ha sido, históricamente, una de las palancas más poderosas para reducir la pobreza, mejorar la salud y ampliar la participación cívica. Convertir una escuela en objetivo bélico es —conscientemente— intentar amputar ese futuro. Las crónicas desde Minab lo muestran en escenas que no olvidaremos: listas escolares interrumpidas, morgues desbordadas y la necesidad de usar vehículos refrigerados para custodiar cuerpos diminutos, según relataron fuentes docentes a la prensa internacional.
Como cientista político, debo también situar este horror en el tablero más amplio. El ataque a la escuela se produjo en el marco de una escalada militar entre Irán, Estados Unidos e Israel. Fuentes estatales iraníes responsabilizan a estos últimos; medios internacionales recogen esa acusación y, a la vez, señalan la ausencia de verificación independiente plena en el terreno —una tensión informativa que conocemos bien en escenarios de guerra. Al mismo tiempo, la cobertura ha mostrado ceremonias multitudinarias de duelo que se convierten en afirmación política interna. Nada de esto borra el núcleo del hecho: murieron niñas en un espacio civil protegido.
Hay quien dirá que “así es la guerra”, que los daños “colaterales” son inevitables. No acepto ese cinismo. El derecho internacional humanitario existe justamente para poner límites concretos a la violencia, y no para describir su inevitabilidad. Atacar una escuela, con niñas dentro, viola esos límites. La respuesta no puede reducirse a un intercambio de culpas diplomáticas: debe activar mecanismos efectivos de investigación y rendición de cuentas, con peritajes independientes, acceso a evidencias, verificación de trayectoria y origen del armamento, y eventuales responsabilidades penales individuales. Irán, en su protesta, ha llamado al Consejo de Seguridad a pronunciarse; ese llamado debe encontrar eco en la comunidad internacional.
En el plano regional —y hablo desde América Latina— la defensa de la niñez y de la educación como espacios sagrados no es opcional. Nuestros gobiernos, parlamentos y organismos nacionales de DD. HH. deben pronunciarse sin ambigüedades ante ataques de este tipo, vengan de quien vengan, exigiendo investigación y justicia, y ofreciendo cooperación para la documentación y la reparación. Las organizaciones de la sociedad civil —observatorios, universidades, colegios profesionales— tenemos el deber de mantener este tema en la agenda pública, de producir evidencia, de formar a las y los estudiantes en el derecho a la paz y en la protección de la infancia. Las imágenes de Minab no pueden convertirse, por agotamiento moral, en una noticia más que desliza por la pantalla.
Permítanme detenerme en un detalle que, como docente, me desgarra: la materialidad del aula. En las fotografías y relatos, junto a los cuerpos, hay hojas con tareas a medio hacer, libros con los márgenes subrayados, notas de profesores que nunca se entregarán. La UNESCO recuerda que la escuela no es solo un edificio; es un bien protegido por el derecho y un bien común de la humanidad. Cuando un misil atraviesa las paredes de una escuela, la violación no es solo local: es global. Nos alcanza a todos porque atenta contra un pacto civilizatorio básico: que la infancia es intocable.
Termino como empecé, con una pregunta que es, en realidad, un mandato: ¿por qué a ellas? Porque quienes ordenan y ejecutan ataques a escuelas de niñas saben que la educación de las mujeres cambia sociedades. Por eso, nuestra respuesta debe ser doble: justicia por las niñas de Minab y un compromiso renovado con la educación y la protección de todas las niñas, en todo lugar. Que el mundo vea en sus pupitres vacíos no un silencio resignado, sino la certidumbre de que no aceptaremos que la guerra se coma el futuro.
Por Esteban Kuhlmann Matus Co-Presidente OLA





