Coyuntura estructural en las fuerzas de izquierda democrática: topología para la transformación política

La política debe replantearse como una serie de procesos dinámicos —siempre comprendidos desde la sociedad política— y sus respectivos sujetos histórico-políticos. En la actualidad, el panorama global parece desfavorable para las fuerzas de izquierda. Por un lado, el auge del populismo de derecha emerge como consecuencia de paradojas estructurales vinculadas a la precariedad económica, la cual, a su vez, se origina en las contradicciones inherentes a ciertos modelos de mercado. Las repercusiones del desempleo y la abstracción del discurso progresista componen una fractura entre la base y la dirigencia de dichas fuerzas. Más aún, el núcleo de la disputa radica en que los denominados valores sociales tradicionales son, en realidad, formas de colectividad inscritas en una construcción antropológica, sociológica y material, en tanto operan como reflejo de la sociedad en su entorno mínimo.

Por otra parte, esa misma derecha populista utiliza irresponsablemente el fantasma del autoritarismo como un comodín para condicionar al electorado, induciendo el voto desde el miedo y no desde la convicción. En consecuencia, los reveses de la democracia partidista corresponden a una dimensión inmaterial de márgenes disociados, que obstaculiza la conducción elemental del contingente mediático en la elaboración de proyectos de Estado. Estos proyectos suelen enfocarse más en los contrastes que en la edificación necesaria para el desarrollo de una democracia popular.

Ante tales circunstancias, es imperativo analizar con detenimiento las claves del panorama actual para sintetizar sus dinámicas, abordar los dilemas del descontento y establecer las soluciones pertinentes.

Examinemos esto con la crudeza que exige nuestra realidad. La derecha no es solo una máquina corporativa que se adjudica un presunto imaginario de prosperidad; es también una fábrica sistemática de infantes dóciles en la que la democracia del espectáculo cumple el rol de otorgar dádivas paliativas a las instituciones representadas en la libertad «ulterior» del proceso electoral. El acto supremo de la derrota democrática es que no se constituye en sí misma como un orden establecido sino como un suborden encasillado en el mandato de una pantalla. La política así da un paso más al abismo subvirtiéndose como un ritual superficial. La epifenomenología del proceso [que representa un verdadero poder codeterminado con las demás capas del poder político, aún siendo parte de un universo simbólico de apariencias] es ese comodín que retratábamos hace poco en el que tras bastidores los resultados nunca se ven.

La reconfiguración necesaria de las fuerzas políticas de izquierda puede formalizarse como una analogía de conjuntos, partiendo de un espacio político global establecido, cuyo estado de derecho [Derecho internacional] funcionaba como un operador supraestatal, garantizando cierta continuidad y predictibilidad de la transformación social. Actualmente, la ruptura catastrófica acelerada por el enfrentamiento geopolítico de las grandes potencias, es en realidad un nuevo punto de partida donde las singularidades normativas (legales, institucionales, consensos) han dejado de ser difeomorfismos globales. En este contexto, la izquierda no puede limitarse a la compactibilidad del discurso dentro del espacio anterior, defendiendo algunas veces una perspectiva excéntrica del electorado, debe transformarse en un conjunto de funtores de reconstrucción para operar sobre una nueva variedad de Espacio político, incluso si este ya fue fracturado. Esto tiene una serie de implicaciones importantes:

  1. Hacer el nuevo diagnóstico. Comprender que el electorado no es un conjunto discreto de individuos, sino una estructura compleja de malestares y un haz de fibras donde se anudan las dimensiones económicas, identitarias y políticas. La desconexión se modela como una ruptura y la reconstrucción debe ser, en cambio, su proyección donde cada sección local —la política municipal e integración territorial— no pueden elevarse a una sección global dentro de un proyecto hegemónico.
  2. Redefinir el morfismo político desde este punto de partida. Es decir, entender esa dinámica como un proceso reversible que al mismo tiempo preserve la estructura esencial de la solución de problemas, dándole una forma política digerible. En términos lacanianos, esto significa ofrecer un Significante Nuevo capaz de inscribir el goce o la angustia en un nuevo orden simbólico, fundamentalmente emancipador. No pensemos esto tampoco como una proyección ingenua en la que se da una promesa por cada demanda, sino un isomorfismo de categorías en la que se traduce el lenguaje de los agravios en el lenguaje de los derechos, la soberanía y la dignidad colectiva.
  3. Generar una organización consciente. Los grupos fundamentales del espacio social en la que las fuerzas progresistas logren caminar hacia un proyecto común siempre en función de la transformación política donde las luchas se cierran de una manera no trivial, es decir, con ganancia material y simbólica en simultáneo.

La síntesis será aquella en la que los puntos programáticos del programa político se constituyan en operaciones sistemáticas de transformación política para el bienestar social. Y esa ha de ser la gran diferencia ya sea particular o estructural dentro del debate de las izquierdas y derechas.

Por Miguelángel Calderón

Compartir en redes sociales

Publicaciones relacionadas